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El Desayuno ¿la más importante comida del día?

Desde pequeños a todos se nos ha enseñado la importancia de alimentarnos para tener energía para las actividades diarias y que, puesto que durante la noche mientras dormimos no podemos comer, el desayuno se convierte en la comida más importante del día, porque nos proporciona nutrientes y energía necesarios para empezar un nuevo día. 

Sin embargo, mi artículo sobre el Ayuno Intermitente, en uno de sus estilos trata básicamente de no desayunar para poder bajar de peso, al mantener el nivel de insulina en la sangre bajo por una 16 horas diariamente. Esto hace que personas pensadoras e inquisitivas noten la discrepancia entre lo que siempre se nos ha enseñado y lo que yo estoy proponiendo. Y, por eso, surge la pregunta de si el desayuno realmente es la más importante comida del día. En este artículo me propongo aclarar mi punto de vista respecto al asunto.

 

Mi relación con el desayuno

Una mañana cuando yo estaba en el tercer grado, en Trujillo, Honduras, ocurrió una experiencia que, se pudiera decir, me traumatizó por mucho tiempo.

En lo mejor de la clase, de repente una compañerita sufrió un ataque epiléptico, y después de quebrar un par de pupitres, tuvo que ser llevada al hospital. Fue algo que me impresionó y aterrorizó tanto, que apenas llegué a la casa de la escuela, le conté, todo asustado y con lujo de detalles, la experiencia a mi madre, la cual aprovechó la ocasión como hacia muy a menudo, para sembrar en mi mente una semilla que produjo un fruto que nos beneficiaba mutuamente. Me dijo que probablemente la compañerita había tenido ese ataque porque no se comía su desayuno todas las mañanas. 

Desde ese día, hasta hace poco más de un año, no creo haberme quedado sin desayunar NINGÚN día. Independientemente de cuán temprano tuviese que salir de la casa. Siempre comía algo para evitar sufrir una experiencia similar. Obviamente, después de años, descubrí que aquello que mi madre mencionó en aquella ocasión, sí tiene algo que ver con la epilepsia, aunque no en la manera como ella lo mencionó. (Existen pruebas que una dieta cetogénica o casi nula en hidratos de carbono, tiene efectos muy positivos para las personas que sufren de epilepsia).

El punto es que el vínculo que se estableció en mi mente, me hizo por años ser muy cuidadoso en cuanto a mis desayunos. Y solamente hasta hace poco, siquiera consideré la posibilidad de saltármelos para lograr otros objetivos, como el bajar de peso y mejorar mi salud.

Lo que dice la “Sabiduría Convencional”

Solo tienes que hacer una pequeña búsqueda en internet sobre la “importancia del desayuno” y encontrarás más de un millón de resultados hablando sobre este tema. La mayoría exaltando los beneficios del desayuno y haciendo hincapié en no saltárselo. 

Entre algunas de las razones que se dan para darle la importancia mencionada, se encuentran los siguientes:

  • Evitar decaimiento, falta de energía y mal humor por bajo nivel en la glucosa
  • Mejora en el nivel nutricional del sujeto
  • Aumento de las probabilidades de satisfacer las necesidades diarias de vitaminas, minerales, fibra y otras sustancias nutritivas requeridas por nuestros cuerpos para funcionar de forma óptima

Estas y otras razones se esgrimen como definitivas para hacernos considerar al desayuno como la comida más importante del día. De hecho, hasta existe un famoso refrán que lo confirma: “Desayuna como un Rey, almuerza como un noble y cena como un mendigo”. 

Además de eso, hay estudios “estadísticos” que muestran que las personas que no desayunan, tienden a ser más gordas que las que lo hacen. De manera que, aparentemente, no debería siquiera existir una discusión respecto a si desayunar es importante o no. Y, a pesar de todo, sigo en mi aseveración de que desayunar puede ser “contraproducente” y de que, bajo ciertas circunstancias y cuando se tratan de alcanzar ciertas metas, el “saltarse el desayuno” y así aumentar las horas de ayuno, puede ser beneficioso y no traer consecuencias negativas para el practicante.

Lo que muestra la ciencia

Como describí en mis dos artículos anteriores (Ayuno Intermitente y ¿Y el pan engorda? No, el que engorda eres tú) el problema al que nos enfrentamos la mayoría que tenemos problemas de peso es que mantenemos un nivel de insulina en la sangre demasiado elevado. Lo que genera una cadena de efectos hormonales y enzimáticos que resultan en mantener la grasa bien empaquetadita en el tejido adiposo de nuestro cuerpo, sin darle la oportunidad de cumplir con su propósito de suministrarnos energía, y al mismo tiempo nos mantiene hambrientos, lo que obviamente nos motiva a comer más, lo que, a su vez, de nuevo eleva la insulina en nuestra sangre, reiniciando la cadena hormonal que acumula grasa corporal y no nos deja utilizar la ya acumulada para energía.

¿Qué determina principalmente que nuestro cuerpo inicie este bucle al principio del día, precisamente durante el desayuno?
Precisamente lo que se conoce como un “desayuno equilibrado”.

Acabo de hacer una búsqueda en Google de “desayuno equilibrado” y esto es lo que la primera página recomienda, que es lo que está de acuerdo con la sabiduría convencional:

  • Del 50 al 60% de las calorías deben proceder de hidratos de carbono. De estos solo 15% debe provenir de azúcares o frutas y el resto debe provenir de cereales, pan, galletas, tostadas, frutas, verduras u otra fuente de carbohidratos complejos.
  • El resto debe de provenir de un 15% de proteínas y alrededor de un 25% de grasas. 

Si notas esta recomendación, verás claramente donde está el énfasis. ¡Hmmm! ¡En los carbohidratos! Lo que hará que ¿qué ocurra? Pues que se inicie el bucle que mencioné arriba donde la insulina juega un papel fundamental y que tiene como resultado que aumentemos de peso de manera constante a través de los años.

¿Y qué hay de los estudios que prueban que los jóvenes que desayunan tienden a ser más delgados y los que no lo hacen, a ser más gordos?

Una explicación viable es que las personas que se preocupan por comer un desayuno equilibrado, son personas que se preocupan por su salud y, por lo general, a través de su vida, harán lo necesario para mantenerse en forma, como dietas y rutinas de ejercicios. (Este es precisamente mi caso, como mencioné al principio del artículo). Mientras que las personas que no se interesan por el desayuno, tienden a preocuparse menos de su forma física y comen según les venga en gana y lo que en dicho momento se les antoje. ¿Resultado? Pues, que visto desde este punto de vista, los estudios estadísticos tienen razón.

Sin embargo, eso no muestra que el no desayunar sea LA CAUSA de subir de peso, sino que las personas que, por lo general, no desayunan, muestran menos interés en su bienestar físico y dan más valor a su satisfacción personal y a la comodidad del momento. Están más dispuestos a sucumbir a sus antojos y a ser sedentarios.

Esto claramente muestra que la persona que se preocupe de su salud física y mental, y que, precisamente por este motivo, ayune unas cuantas horas más cada día, definitivamente no cae en el grupo mencionado en el estudio.

Además, la palabra desayuno, tiene más que ver con romper un ayuno, que con comer por la mañana temprano. De manera que, independientemente de cuanto ayune, siempre comerá un desayuno. 

Mi experiencia

Pensando en las otras desventajas mencionadas de no desayunar, solo me queda decir que es mi experiencia (y la de muchos otros que practican el ayuno intermitente) que no sufres de decaimiento y mal humor una vez que haz atravesado la etapa de adaptación inicial, que dura de unos días hasta aproximadamente una semana. Después de esta etapa, uno está más lúcido y la mente funciona más claramente durante este período de ayuno matutino. Uno aprende a distinguir entre la hambre real y la ficticia o imaginaria, y se da cuenta de que uno o dos vasos de agua realmente satisfacen. En realidad, pierdes la dependencia constante de la comida como una fuente de confort.

¿Significa todo lo anterior que estoy completamente en contra de desayunar? ¡De ninguna manera! Simplemente veo al ayuno intermitente, que en mi caso implica no tomar un desayuno para darle más tiempo a mi cuerpo de utilizar el tejido adiposo como fuente de energía, como una herramienta más para mantener un control del nivel de insulina en mi sangre y como resultado, de mi peso corporal. Sin embargo, si por alguna razón deseo desayunar, me aseguro de que la mayoría de las calorías provengan de proteínas y grasas, como por ejemplo huevos, quesos, jamones, pescado, etc. y reduzco al mínimo la proporción de carbohidratos y a cero las de azúcares con el propósito de evitar el inicio del bucle negativo que me llevaría a elevar abruptamente el nivel de glucosa en la sangre y su correspondiente caída posterior debido a la gran secreción de insulina, lo que me causaría de nuevo hambre, mal humor, decaimiento, y me impulsaría a iniciar la rutina negativa una vez más.

En conclusión

Es una decisión personal si vas a desayunar o no. Sin embargo, una vez que entiendes los principios de cómo funcionamos a nivel hormonal cuando comemos o ayunamos, tienes a tu disposición herramientas que te permiten tomar una decisión informada. Tanto si decides hacer ayuno intermitente, como si optas por desayunar.

Además, te das cuenta que lo que la sabiduría convencional llama un desayuno equilibrado, es realmente un ladrillo más en la construcción de cuerpos cada vez más llenos de grasa, a la que nunca se le da la oportunidad de ser utilizada para el propósito para la cual fue almacenada, a saber, suministrarnos energía. Y si lo dudas, observa a tu alrededor y ve la cantidad de sobrepeso que existe. Esto sin contar enfermedades del corazón, aterosclerosis, síndrome metabólico, alta presión sanguínea, triglicéridos elevados, etc. etc. etc. que han aumentado principalmente durante el tiempo que la sociedad moderna ha aplicado los principios nutricionales que la sabiduría convencional dicta. ¡Algo sobre lo que vale la pena pensar!   

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