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La copa de Champán – 5 lecciones para la vida

Sirviendo ChampánEstás en una reunión familiar y llega el momento del champán, por una de esas cosas de la vida, tú eres el encargado de descorchar y servir. Puesto que has estado departiendo con la familia y los amigos, no estás muy concentrado que se diga en el procedimiento a seguir para hacerlo lo más eficientemente posible y, de todas maneras, ¡es solo champán!. Entre risas, chistes y comentarios alegres, tomas la botella y, sin prestar mucha atención, haces presión tirando del corcho y ¡BAM!, este sale volando y por poco le da a alguien en la cara, pero como todos están ya medio alegres, no es un gran problema, todos se ríen y no pasa a más.

Pero ahora viene el servir el champán en las copas. Acercas tu mano a la primera y empiezas a servir, pero viertes demasiado líquido, demasiado rápido; este cae hasta el fondo de la copa y forma una gran cantidad de espuma que llena la copa en menos de un segundo, no dándote tiempo para reaccionar y termina derramándose. Te detienes un segundo, gruñes internamente y te propones hacerlo mejor con la siguiente copa.

Así que te aseguras de verter menos champán esta vez y, aunque otra vez se forma la estúpida espuma, esta vez no se derrama, tú sonríes para ti mismo pero, precisamente entonces, notas que la primera copa está prácticamente vacía, así que frunciendo el ceño, diriges tu atención y tu mano hacia ella y, con mucho más cuidado ahora, probablemente hasta tomando la copa con tu otra mano e inclinándola para evitar que el líquido caiga directamente hasta el fondo de la copa generando espuma, permites que el champán se deslice por el lado de la copa produciendo la menor cantidad de espuma posible. Cuando vas por la tercera copa, ya eres casi un experto.

Esta es una escena que muy probablemente te será familiar. Cuando ocurre, no nos detenemos a pensar en lecciones que podamos derivar de esta situación. Pero las lecciones que se pueden aprender de simplemente servir un par de copas de champán, nos pueden dar el secreto para tener éxito en la vida.

De hecho, la idea de esta entrada es resaltar 5 excelentes lecciones que podemos aprender de esto. Así que sin más rodeos, veamos cuáles son:

No actúes a la ligera

En la vida, especialmente cuando somos jóvenes, tenemos la tendencia de actuar a la ligera, sin pensar, y no preocuparnos por las consecuencias de nuestros actos. Sin embargo, en “muchísimas” ocasiones esta actitud nos puede acarrear problemas. A veces pensamos, “es mi vida y la vivo como quiera” y, la verdad, es que tienes razón. El problema es que actuar a la ligera, sin detenerse un momento a pensar, puede meterte en situaciones que también afectan a otras personas negativamente. En muchos casos a personas que amamos y son muy importantes para nosotros. Y después, cómo decía un buen amigo mío, “lamento se llama el juego”.

El actuar a la ligera puede causar daños irreparables que “pueden evitarse” con solo considerar por un par de segundos lo que nos proponemos hacer y las consecuencias que nos puede acarrear a corto, mediano y largo plazo. Obviamente, esto no significa que para cada acción que hagamos, tenemos que detenernos y pensar en los pros y los contras. Ten por seguro que tu cerebro te dejará saber cuándo es bueno no actuar sin pensar.

Lo que esta lección nos enseña es que podemos disfrutar de la vida al máximo y al mismo tiempo evitar “situaciones tontas” que solo nos acarrean problemas a nosotros y a nuestro vecino, o prójimo o como lo quieras llamar y de las cuales después nos arrepentimos. No quieres que el champán de tu vida se derrame y se pierda.

Presta atención a lo que haces

Aunque te parezca que esta y la lección anterior son lo mismo, no es así; por lo menos no desde este enfoque. Cuando digo prestar atención a lo que haces, quiero decir que uno debe de tomarse el tiempo para pensar. Es decir, no solo ir por la vida “reaccionando” o siendo “esclavo de una rutina”.

El prestar atención implica envolver a tu mente en los asuntos cotidianos. Detenerse, observar, examinar, ponderar, hacerse preguntas, variar la rutina de lo que se hace. Implica desarrollar la habilidad de pensar, de tomar decisiones, de ponerse metas, de trazarse una ruta en la vida y hacer lo necesario “conscientemente” para ir por ese camino.

Piensa que es obligatorio “prestar atención” a lo que haces cuando sirves champán, si no quieres que se derrame por completo o que todas las copas estén medio vacías o demasiado llenas. De la misma forma, si deseas tener éxito en la vida, independientemente de lo que “éxito” signifique para ti, tienes que hacer las cosas deliberadamente.

Evalúa los resultados de tus acciones

Cuando estabas sirviendo las copas, tuviste que evaluar lo que hacías y bien rápido. Piensa en lo que ocurrió, el champán estaba cayendo en la copa hasta el fondo y tu viste como espuma empezó a aparecer muy rápidamente. Tu mente, inmediatamente, evaluó la situación y determinó si la velocidad e inclinación de la botella y la cantidad de líquido que estaba siendo vertida, eran las apropiadas para la cantidad de espuma que se estaba generando dentro de la copa y la cantidad de champán que estaba quedando en ella o no.

¿Qué hay de tu vida? ¿Examinas los resultados de tus acciones y los evalúas, les asignas valor, para ver si te están ayudando a lograr tus metas, a mantenerte en la ruta que te has trazado? ¿Te preguntas si manteniendo la misma rutina y haciendo las mismas cosas, estarás donde quieres estar en 1, 2, 5 o 10 años en el futuro?

El examinar tus acciones diarias o la completa falta de ellas, te permite determinar donde te encuentras en la vida. ¿Te gusta el lugar donde estás? ¿Quieres mejorar?

Haz una rutina de tomarte tiempo para evaluar tus acciones diariamente o, por lo menos, semanalmente.

Un ejemplo de evaluar acciones en lo relacionado al estado físico, es pesarse. Cuando tienes un punto de referencia (tu peso en kilos o libras), y lo comparas a espacios de tiempo regulares, puedes notar si estás aumentando o bajando de peso. Puedes evaluar o notar el resultado de tus acciones en lo que tiene que ver con comer y el peso corporal. Si nunca te pesas o de alguna manera mides tu composición corporal, no podrás saber qué es lo que está pasando. Bueno, no hasta que los cambios sean tan grandes, que sea difícil corregirlos.

Adapta tus acciones para mejorar el resultado final

Cuando te diste cuenta que la espuma estaba creciendo rápidamente al servir el champán, no seguiste haciendo lo mismo. Cuando notaste que la primera copa estaba vacía, te dijiste “la tercera es la vencida” y, probablemente, cambiaste la velocidad, inclinación y cantidad de líquido vertido hasta que te salió bien. En otras palabras “cambiaste tus acciones para mejorar el resultado final”; haz lo mismo en tu vida.

¿Hay algo que no te gusta cómo funciona en tu vida? Haz algo diferente de lo que haces normalmente. Sé adaptable. ¿Y qué tal que aun después de adaptarte no funcione cómo quieres? Cambia otra vez y observa los nuevos resultados.

¿Y si aun así no funciona? Efectúa otro cambio y observa los resultados. Sigue cambiando hasta que obtengas los resultados que quieres. Así de sencillo. Y esa es la quinta lección que podemos aprender de servir unas cuantas copas de champán. Es necesario repetir el proceso de cambio, adaptación y observación de los resultados, la cantidad de veces que sea necesario para obtener el efecto deseado.

Como puedes ver, una acción sencilla, como servir unas cuantas copas, si prestamos atención a los detalles de lo que hacemos, puede suministrarnos lecciones profundas para beneficiarnos en otros aspectos de nuestra vida.

¿Has derivado lecciones interesantes de cosas aparentemente triviales?

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